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  Cuentos completos  

Edgar Allan Poe

 
Páginas de Espuma, 2008  

Literaturas.com presenta, por gentileza de Páginas de Espuma, la nota de los editores (Jorge Volpi y Fernando Iwasaki) y la adenda (de Fernando Iwasaki), ambas incluidas en Cuentos completos de Edgar Allan Poe

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Edgar Allan Poe, Cuentos completos

Poe & cía.

¿Por qué 69 escritores latinoamericanos y españoles nos hemos conjurado para homenajear a  Edgar Allan Poe en nuestra lengua? Primero, porque a todos los autores de cuentos nos encanta Edgar Allan Poe y, segundo, porque el 69 es un numero extraordinario con cualquier lengua.

Todos somos descendientes literarios de Poe, pues gracias a Poe existieron Chesterton y Baudelaire, Conan Doyle y Maupassant, Lovecraft y Saki, Cheever y Borges, y así hasta Julio Cortázar, ancestro de los cuentistas que nacimos a partir de 1960. Y como todos leímos en su momento la memorable edición de bolsillo de los cuentos completos de Edgar Allan Poe traducidos por Cortázar, no encontramos otra manera mejor de celebrar el bicentenario de Poe, que rescatando aquellos míticos tomitos azules.

Juan Casamayor, el único editor español que se permite el lujo de rechazar todas las novelas que le presentan, adquirió los derechos de la traducción de Cortázar para Páginas de Espuma y nos encargó elegir a sesenta y siete escritores para que contemplaran con ojos de narradores y no con anteojos de filólogo cada uno de los sesenta y siete cuentos de Poe. A cada escritor se le asignó un cuento manteniendo el orden que estableció Cortázar.

Como toda selección es arbitraria, decidimos invitar tanto a narradores españoles como latinoamericanos, con el único requisito de haber nacido después de 1960 y de haber publicado al menos un libro de cuentos. Admitimos que hay ausencias notables, pero las hemos compensado con presencias maravillosas.

Sin embargo, para llegar al gozoso y recíproco 69 contamos con la generosa complicidad de Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, quienes prepararon para esta edición sendos prólogos sobre Edgar Allan Poe y Julio Cortázar, respectivamente. Gracias a ellos esta edición no es sólo un homenaje sino una genealogía literaria, porque todos somos descendientes de Edgar Allan Poe.

Somos Poe & cía.

Jorge Volpi – Fernando Iwasaki
México D. F. – Sevilla, otoño de 2008

 

Noche de brujas en Baltimore, Fernando Iwasaki

[Texto aparecido en: Clarín (Oviedo), 16, 1998].

Llegué a la estación de Baltimore después de casi cuatro horas a bordo del Amtrack que cogí en New Brunswick, un soñoliento pueblo de Nueva Jersey famoso por sus mapaches, poetas y equilibristas.

Baltimore tiene del norte algunas manzanas erizadas de rascacielos, y del sur unos cuantos suburbios encrespados de navajas. A pesar de la distancia con Nueva Inglaterra, las copas encarnadas de los arces me recuerdan el otoño espléndido de Providence, Boston y Cambridge. Estoy alojado en Broadview, en los alrededores de la Johns Hopkins University, un recoleto barrio residencial que nada tiene que ver con los barracones por donde pastorea la canalla de Baltimore, célebre por su bohemia marinera, lírica y musical.

Poco más de cien años atrás los esclavos fugitivos se asentaron en Fellspoint –un arrabal próximo al puerto–, creando así unas zahúrdas que cobijaron a la cimarronería americana. Melville en Moby Dick (1851) elogió el arrojo de los arponeros bozales de Fellspoint, quienes preferían el salario del miedo de los balleneros a las carimbas de los negreros. Ahora el antiguo territorio liberado es una pintoresca zona de pubs y restaurantes caros que vive de su leyenda criminal, aunque algunos figurantes disparen todavía balas de verdad.

Recorro Lancaster street buscando un lugar para comer y deploro mi aprensión hacia los cangrejos, que adivino exquisitos bajo sus caparazones colorados. Las cartas de los escaparates ofrecen el cangrejo soft shell que tanto conmovió a Julio Camba en Nueva York, y apabullado por la destreza quirúrgica de un comensal me inhibo de hacer la prueba. Desguazar crustáceos es cosa de médicos o de escritores finísimos, como Josep María Sagarra, y con el propósito voraz de aprender a comerlos antes de cumplir los cincuenta, enfilo hacia Little Italy porque la pastasciutta es más proletaria.

Desde mi mesa percibo las caricias de la brisa marina y pienso en el ritual que me ha traído hasta Baltimore. En las páginas del Sun, uno de los periódicos más antiguos de los Estados Unidos, leo que el famoso Yo–Yo Ma interpretará las seis suites para violonchelo de Bach en el auditorio del Peabody Institute. Habría sido un agradable programa si aquella noche no hubiera coincidido con Halloween, el día de las brujas.

En 1832, cuando Baltimore no era más que una madriguera de hampones, libertos y bucaneros, María Clemm –una modistilla indigente y viuda– arrendó una casucha para instalarse con sus hijos Virginia y Henry Clemm, su madre Elizabeth Cairnes, y sus sobrinos Edgar y Henry Poe. Edgar Allan Poe vivió en Baltimore de 1832 a 1835, frecuentando a los más insignes borrachines y sablistas de la localidad hasta aventajarles con creces. Los vicios portuarios engolfaron tanto a Poe que el 29 de setiembre de 1849, tras una escala en Baltimore camino a Filadelfia, desapareció para siempre entre los garitos y cantinas de la ciudad. Desde entonces, su tumba se ha convertido en lugar de romería y peregrinación.

Salgo de la trattoria y me recreo en el malecón del Inner Harbor, nostálgico de balandros y chalanas. Paso delante del AVAM –que no es un museo valenciano– y subo por Pratt street, que tampoco es una calle catalana. En el camino veo las anaranjadas calabazas de Halloween y a los niños bien disfrazados y subidos en coches inmensos como hidroaviones. Una nota del Sun recomendaba a los padres llevar a sus hijos a pedir golosinas en los malls y grandes almacenes, para evitar así los envenenamientos que algunos desaprensivos provocaron el año anterior.

Mi primera parada es en el 203 de Amity street, un pequeño chalé de dos plantas y media que, a pesar de los cristales impecables y las relucientes cerrajerías, no consigue disimular los verdugones de un pasado menesteroso y barriobajero. Ahí renqueó Edgar Allan Poe y allí tiene su sede la E. A. Poe Society of Baltimore, institución filantrópica que mantiene el inmueble y destina parte de sus fondos a socorrer a los homeless, esos pordioseros y vagabundos que brindaron con Poe hasta morir.

La casa es realmente minúscula: los bajos consisten en un recibidor que debió de hacer las veces de salón–comedor–cocina. Por unas estrechas y empinadas escaleras de madera llegamos a la primera planta, donde apenas caben dos habitaciones que con toda seguridad fueron las de Muddie Clemm y las demás mujeres de la familia. Sólo queda la asfixiante buhardilla que Edgar y su hermano tuberculoso compartieron hasta la muerte de Henry en 1833.

Dentro de aquel hórrido sotabanco Poe manuscribió poemas y relatos que aportan pistas sobre sus miserias y necesidades; cuentos que hablan de enfermedades irreversibles como «El Rey Peste» y de obsesivas angustias como «Sombra». De aquella buhardilla salieron también «El Visionario», «Manuscrito hallado en una botella», «La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall», «Leones» y esas joyas de su espíritu enamoradizo y necrofílico: «Morella» y «Berenice», esta última inspirada en su prima Virginia.

El cielo empieza a teñirse del mismo color de los arces y dejo la mustia casa de Poe para dirigirme a su tumba, adonde quiero llegar antes de que comience la verbena de las brujas.

La tumba de Edgar Allan Poe está en la vieja iglesia de Westminster, en una esquina sucia en la que confluyen Greene street y Fayette avenue; donde los negros pobres hacen la cola de la sopa y todavía huele a musgo por las mañanas. Desde los chapiteles de los campanarios los arces tienen que formar una gran calabaza de Halloween, con sus copas rojas y sus dientes de lápidas.

El cementerio de Westminster tiene trazas de convención de muertos insolventes. A Poe lo enterraron gracias a una colecta de los niños de una escuela vecina, quienes dieron un penique para costear el funeral. Fue una buena inversión: la tumba del escritor sigue en su sitio y en cambio la escuela ha desaparecido.

Los epitafios y exergos funerarios son los retazos de una crónica social que a veces reserva sorpresas. Al lado de Poe me topo con la cripta de los Watson y más cerca del baptisterio yace la familia Holmes. Jane Holmes murió a los tres años en abril de 1790, y cinco meses más tarde falleció su madre Anne. Tal vez fue la misma enfermedad, acaso Anne no soportó la ausencia de la niña o quizá les mató el hambre, como algún día les ocurrirá a los negros de la sopa.

Me seduce fantasear que Conan Doyle visitó estos jardines cuando se enroló en la tripulación del ballenero Hope en febrero de 1880, recorriendo Terranova, Groenlandia y otros parajes árticos antes de fondear unas semanas en Boston y luego emprender el regreso hacia Edimburgo en octubre del mismo año. El joven Conan Doyle veneraba a Edgar Allan Poe y pudo embarcarse a Baltimore para rendir un discreto homenaje al creador del detective Auguste Dupin. Entonces, barruntando ficciones policiales bajo los árboles, Conan Doyle vería las sepulturas de los Watson y los Holmes. El resto es elemental. Seguro que nunca fue así, mas sería hermoso que fuera cierto.

En la tumba de Poe hay flores muertas como murciélagos de colores, devotos que se amontonan para celebrar un aquelarre en el cementerio y turistas con los gatillos engrasados de sus cámaras. Cada noche de brujas los melancólicos y algunos curiosos recitan poemas, tocan jazz y derraman brandi sobre el sediento túmulo. Este año han representado «El corazón delator» y «El tonel de amontillado», y regado su lápida con una botella de Jack Daniel’s etiqueta negra. Nadie sabe cuándo comenzó el ritual y nadie desea ponerle punto final.

Todos hemos sido muy decentes y nos vamos del cementerio con la música a otra parte. La cita es en el Buddy’s, uno de los últimos reductos del jazz «jondo» de Baltimore y taberna de pensionistas, trileros, fulanas, progres in progress y algún que otro nerd. Los parroquianos me explican que el Buddy’s tiene solera dentro del jazz, y para persuadirme descuelgan una foto dedicada por Ethel Waters, quien debutó como profesional en Baltimore. «Billy Holiday también nació aquí», me ilustra un fan escuchimizado. «Tenía punch», apuntó uno. «Tenía swing», terció otro. Y yo concluí que aquel boliche melancólico tenía un viento a peña flamenca o tertulia taurina.

A la mañana siguiente decido distraer mis últimas horas en Baltimore haciendo de antropólogo: quiero ver la barriada de Hampden, un típico american white ethnic enclave. Algo así como el negativo de Harlem o un corral de vecinos con avenidas propias.

La visión de esas hileras de casas de madera con sus balaustres y toda la parentesca apoltronada en mecedoras, me transporta a las películas de John Waters, divulgador empedernido de los aspectos más cutres de la vida de Baltimore. Ahí están las chillonas estampas de Pink Flamingos (1972), Polyester (1981) y Hairspray (1987), por citar algunas de las producciones más conocidas de su vasta filmografía.

Y mientras desayuno en un tenderete vegetariano y naturista que despacha un jipi reciclado, me digo que Edgar Allan Poe sólo podía morir en una ciudad como Baltimore, a caballo entre los sueños gloriosos del norte y las peores pesadillas del sur.

Ya en el autobús camino a Washington D. C. rememoro la espirituosa charanga del cementerio, y me figuro que a esa hora de la mañana el musgo ya habrá embriagado a los caracoles y que los arces habrán conocido una dulzura nueva. Cuento las monedas que me quedan y caigo en que la entrada me costó cinco dólares, y no me convidaron ni a whisky ni a sopa ni a nada.

Edgar Allan Poe sigue bebiendo a costa de todos.

 

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