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  Abril rojo
 

Santiago Roncagliolo

 

Editorial Alfaguara (Premio Alfaguara de Novela 2006)

 

Miguel Baquero

Es un argumento clásico en la novela negra: el policía (o el detective) que, no contento con el cierre que le han dado a un caso, con la versión policial, decide seguir investigando fuera de los procedimientos oficiales, remover las aguas artificialmente estancadas para acabar descubriendo la auténtica verdad.

Mucho de ello hay en Abril rojo , la novela de Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) ganadora del último Premio Alfaguara de novela. Con una salvedad ciertamente importante: el protagonista no es un hombre aguerrido, un tipo duro que por amor a la verdad y cierto toque de romanticismo se sitúa al margen de lo establecido; por el contrario, el fiscal distrital adjunto Félix Chacaltana es un hombre pacato, mansueto, que acepta los dictados del poder, un individuo mediocre que no quiere destacar («Abrió la boca y dijo con toda la convicción de la que fue capaz: "Sí, señor"») pero que, sin embargo, se encuentra sumergido muy a su pesar en el lado oscuro de un caso oficialmente cerrado. Finalmente, Chacaltana deberá enfrentarse cara a cara con el horror (con la horrorosa verdad) en todos sus sentidos.

Nada más que por esta nueva manera, no ciertamente trivial, de plantear una novela negra, Abril rojo merecería ser considerada una obra de calado. Pero es que, además de ello, la novela (tercera en su carrera) de Roncagliolo presenta otros aspectos muy dignos de reseñar. En primer lugar, el estilo es formidable. Ya no la recreación del habla popular, la construcción de los diálogos, la verosimilitud y agilidad con que se producen las réplicas y contrarréplicas; es también la sensibilidad a la hora de las descripciones, el cuidado con que se arman las escenas y el esmero con que se trata el lenguaje, sin que se pierda por ello la frescura.

Además de por su estilo, Abril rojo es una novela de primer nivel por su construcción, por el modo en que el ritmo de la acción va poco a poco creciendo e introduciéndonos en la historia y, sobre todo, por la verosimilitud y la honradez (sin trucos, sin cabos sueltos, sin golpes de efecto que lleguen a lo descabellado) con que se plantea y se resuelve el misterio. Roncagliolo despliega ante el lector una intriga no sólo creíble y factible, sino también atrayente, inquietante, tensa, en la línea de los mejores escritores de novela policiaca y, sobre todo, guardando respeto por el lector y su inteligencia, cosa no demasiado usual en las historias de intriga.

Pero, junto con el estilo y la construcción, o por encima de ellos, Abril rojo es una magnífica novela porque cuenta con un fondo, porque indaga en unos tipos humanos y en las circunstancias de un tiempo y un país. Así, sobre toda la novela planea la vuelta a la actividad de Sendero Luminoso, el grupo terrorista que durante décadas significó un azote para Perú. Ante el fondo de este miedo, que en cierto modo simboliza el miedo callado de toda una sociedad, actúan unos personajes con carácter, es decir, que no se mueven porque sí, por capricho del autor, sino que todos tienen algo que ocultar, algo que temer, algo que olvidar, y en función de esta lógica interna actúan. Son, como suele decirse, personajes de carne y hueso plantados ante situaciones límite; un pedazo de vida palpitante extraído con pinzas de cirujano.

Abril rojo es, en suma, una extraordinaria novela, tal vez una de las mejores de la temporada; desde luego, se trata de una oportunidad magnífica para que el Premio Alfaguara, un certamen nacido al calor del "todo vale, con tal de que se publicite bien" que ha llegado a premiar auténticos e insufribles bodrios, levante el vuelo y vaya comenzando a adquirir un todavía no ganado prestigio.