Sumario. Literatura gótica
 

La inquietud al otro lado del espejo

Entrevista a Pilar Pedraza, por Norberto Luis Romero

Con una modestia tal que cuando habla de sus libros los llama "libritos", Pilar Pedraza (Toledo, 1951), discurre por senderos alejados de las modas y círculos litera­rios; esta “Dama Oscura”, toda luz y sonrisas, acaso paradigma de la literatura gótica en España, se desplaza de punti­llas por el panorama narrativo dejando una profunda y sólida huella en la literatura fantástica de terror y en la novela y el cuento góticos. La coherencia y solidez de su obra, su estilo barroco y luminoso a la vez, así como la recurrencia a temáticas alejadas de lo circunstancial, que apelan a los valores constantes del inconsciente y de la cultura, constituyen los pilares de su obra. Desde joven Pilar Pedraza reside en Valencia, en cuya Universidad es profesora de Artes a cargo de la cátedra de Historia del Cine. Es autora de las novelas “Las novias inmóviles” , "La fase del rubí” , “Las joyas de la serpiente” , “La pequeña Pasión” , “Paisaje con reptiles” , “Piel de Sátiro” , “La perra de Alejandría” , de varios libros de cuentos entre los que destaca la magnífica colección de relatos de terror “Arcano Trece” , y de los ensayos “La bella, enigma y pesadilla” , “Máquinas de amar” , “Espectra” , etc, así como de la traducción del latín del clásico de la literatura esotérica: “El sueño de Polifilo” . Pilar Pedraza es una autora fiel a sus lectores, a sus convicciones y a su propia obra, una Dama Oscura cuya imagen refulge en el espejo de las letras góticas, cuyas palabras son capaces de generar escalofríos al aficionado más avezado del terror y el género gótico en general.

LITERATURAS.COM: Doctora en historia y profesora de artes, ¿cómo llegaste a la escritura?

PILAR PEDRAZA: La escritura ha sido siempre una actividad natural en mí, hasta el punto de que la elaboración de una tesis doctoral, como la que tuve que hacer, o los libros en los que he ido investigando para mi actividad académi­ca han sido también escritura, y llega un momento en que no distingo muy bien... para mí no existe diferencia fundamental entre la escritura creativa y la científica, y me muevo con cierta soltura y felicidad en tareas intermedias, como el ensayo; y quizás esa especie de mezcla o equili­brio entre la creación y la investigación es el libro "La bella, enigma y pesadilla" .

L.C.: Hay una labor de orfebrería en tu obra, ¿cómo trabajas una novela?

P.P.: Eso quisiera saber yo (ríe). Realmente es difícil de contestar, porque no sigo un método muy definido. Lo que más esfuerzo me cuesta -y lo más interesante para mí en una novela- es hacer surgir los materiales de mi interior, tenerlos delante como una especie de compilación de ladrillos con los que hay que construir algo, y una vez que se tienen empezar la elaboración racional, con un hilo narrativo, de todas esas cosas que han brotado como un magma, y que para un lector serían ininteligibles. La erupción de ese magma es para mí lo libera­dor, lo que más me satisface; y la segunda fase es la estructura­ción y pulimento; labor menos creativa, más de oficio, que me lleva muchísimo tiempo, porque mi intención es que ese magma no sea caótico, ni arbitrario, sino que tenga una estructura sólida, unos diálogos bien elaborados, etc.

L.C.: Interpreto que en tu obra hay una presencia casi constante del mito: según Lévi-Strauss, éste tiene una función conciliadora de las contradicciones, entre el deseo y la realidad, la vida y la muerte, la naturaleza y la cultura; ¿apelando a ellos te internas en el inconsciente del lector, territorio donde dormitan?

P.P.: Lo que realmente me interesa es internarme en mí misma, en mi propio territorio, y como esto teóricamente es imposible (el inconsciente es lo que es y no se puede conocer), uno sólo puede acercarse a él a partir de los mitos, del lenguaje y de ciertos métodos. Y el mito, es tal vez, el más creativo de todos, y me permite ahondar en mí misma a través de ellos, extraerlos de mi interior en esa forma de magma que te comenté y darles una estructura inteligi­ble, comunicable. Y me interesa, a partir de ese momento, la respuesta incons­cien­te del lector, a pesar de que sé que no puedo dirigirme ni al consciente ni al inconscien­te de nadie, pero a través de ciertas mitologías comunes, que en primer lugar experimento en mí misma, luego puedo comunicar ciertas experiencias intelectuales y eróticas, experiencias que considero las más importan­tes en la literatura.

L.C.: ¿Separarías estas experiencias en dos?

P.P.: No, no las separo con una línea porque el erotismo es también espiritual; quizás con el término "espiritual" me refiero más a un aspecto teórico; y con el erotismo a un aspecto más corporal; aunque el espíritu está dentro del cuerpo, es una emanación suya, por supuesto, pero lo espiri­tual lo considero en su aspecto filosófico, de concepción del mundo, de la muerte, del tiempo.

L.C.: Todas tus novelas están signadas por los mitos, los grandes mitos de la humanidad, pero fundamentalmente los que aluden a la condición femenina.

P.P.: Me interesan los mitos de la condición femenina de la misma manera que me intereso por todo, lo que ocurre es que, tal vez por ser una mujer, estoy más cerca de ciertos problemas, con un punto de vista que no puede dejar de ser femenino por la educación que he recibido; o tal vez en mi escritura se vean más estos mitos femeninos que los otros, pero me intereso por los mitos más como persona que como mujer en sí, porque como ser humano me preocupa la realidad en sus aspectos tanto masculino como femenino, que creo que no se pueden disociar. Luego, a la hora de escribir, tal vez porque es el inconsciente lo que más se expresa en ciertas formas de hablar, sí utilizo más mitos femeninos.

L.C.: En tu obra se aprecia claramente un universo de mujeres, una especie de gineceo, con tanta fuerza que se diría que es un mundo sectario, matriarcal. A lo mejor me equivoco...

P.P.: Yo lo matizaría en el sentido de que tal vez en la escritura aparece más lo femenino y las preocupaciones más profundas, y puede dar la sensación de un cierto matriar­calismo o feminismo radical; pero creo que no es así. Ocurre que, como mujer de ideología progresi­sta y de izquierdas, naturalmen­te soy feminista en el sentido de que creo y lucho por la igualdad de hombres y mujeres, pero nunca he sido partidaria ni del feminismo de la diferencia, ni he militado en ningún tipo de feminismo..., no estoy de acuerdo con una cultura de lo femenino que tenga que empezar a inventarse de nuevo (creo que tenemos bastante con la cultura que nos han legado los antepasados, con todo lo que hay en ella de femenino y de masculino, y con todo lo que tiene de erróneo, tanto por una parte como por la otra,), se trata de hacer un mundo más equilibrado en cuanto al papel de los hombres y de las mujeres, un mundo en el que los roles sean intercambiables, en el que no haya diferencias y sí igualdad tanto legal como de hecho.

L.C.: Tu mundo literario no excluye ni desdeña personajes masculi­nos, pero detrás de ellos, de su tratamien­to, se evidencia el fracaso de su propia condición. Queda claro en "La pequeña Pasión" , "Piel de Sátiro" y "Paisaje con reptiles" .

P.P.: Sí, sí, creo que a estas alturas de la historia sí puede hablarse de un cierto fracaso de la civilización en general y quizás de todas las culturas; y eso no es achacable exclusivamente al patriarcado; pero creo que en gran medida las culturas han fracasado históricamente -y están fracasando- porque han tomado direccio­nes contra­rias a la naturaleza y violado, hasta cierto punto, leyes que tendrían que haberse conservado y que yo, desde luego, sin tener ninguna utopía feminista, creo que algunos valores que las mujeres hemos tenido históri­camente: una cierta tolerancia y cierto desdén hacia la competitividad, sí que hubieran sido buenas, y serían aprovecha­bles. Y en ese sentido, los personajes masculi­nos de estas novelas fracasan por su prepotencia y porque no hacen caso a la naturaleza ni a las cosas del cuerpo y de la piel, que son las que interesan a las mujeres.

L.C.: Los hombres y mujeres estamos condenados a no enten­dernos, quizá desde que Dios separó el andrógi­no. Tu obra tiene también una cargada pátina de androgi­nia.

P.P.: Creo que están condenados a entenderse, si no lo creyera así, me desesperaría bastante, porque uno de mis ideales políticos es el entendimiento de los diferentes, sobre todo de los hombres y las mujeres. Androginia... sí, hay en mi obra, y en mi vida también. Creo que las fronteras entre lo masculino y lo femenino tan a rajatabla como han sido impuestas por nuestra cultura son un error. Otras culturas han sido más flexibles y se lo han planteado mejor.

L.C.: ¿Los hombres no se buscan a sí mismos? ¿Se dan por encontra­dos? ¿Es por la soberbia de su propia naturaleza?

P.P.: En parte sí. Pienso que toda la literatura, desde hace milenios, se ha ocupado sobre todo de los hombres, y cuando se ha ocupado de las mujeres lo ha hecho desde un punto de vista masculino, con unos papeles encomendados por la propia cultura, y yo desde luego no sigo esa línea, sigo la línea de las mujeres en el sentido de que lo que me interesa es expresar­me a mí misma y la forma en que veo a la naturaleza y al mundo. Y no la veo desde el punto de vista estrictamente femenino, sino desde la persona que soy, con todo lo que hay en mí de femenino y de masculino, porque tengo clarísimo que una parte de mí muy grande es masculina en el sentido de una parte "socializada masculinamente" por mi propia cultura y educación, y a la que no renunciaría.

L.C.: Tanto en tus novelas góticas como en las que no lo son hay un fuerte contenido erótico: un erotismo que Frances­co Alberoni califica de táctil, una interpretación y percepción femeninas del cuerpo y el sexo.

P.P.: Sí, creo que se puede extender tanto a los personajes masculi­nos como femeninos, pero sobre todo a los femeni­nos: su cuerpo es importante, no tanto el del otro como el suyo propio, en ese sentido quizás se pueda hablar de una concepción autoerótica en general, más achacable a los personajes femeninos.

L.C.: De todas formas, el erotismo no acaba en el cuerpo ni en el sexo, tiene una prolongación tentacular hacia todo lo que rodea los personajes, incluso en la estructu­ra de tus novelas pueden rastrearse huellas de erotismo.

P.P.: Sí, sí. Enlaza con lo que hablábamos al principio, sobre ese magma interior que surge cargado de erotismo -como no puede ser de otra manera-, y que a su vez lo impregna todo de erotismo; y, por otra parte, hay un cierto fetichismo presente en toda mi escritura hacia las cosas materialmente hermosas, que son bellas de por sí y que me fascinan: los tejidos orientales, las piedras precio­sas... Es una tradición de finales del siglo XIX, de la novela simbolista, las novelas gótica y fantásti­ca, siempre tienen una parte de lujo, de puesta en escena fascinante, un decorado suntuoso para los placeres del bien y del mal.

L.C.: ¿Crees que la sensualidad de las cosas está en su lectura o en su naturaleza en sí?

P.P.: Creo que en su lectura.

L.C.: ¿Consideras que hay gente que pueda carecer de capacidad para interpretar esa sensualidad?

P.P.: No lo sé. No, yo creo que es todo cuestión de educa­ción y que -como decía Goethe-: "lo que no se sabe no se ve", y que si a cual­quier persona, hombre o mujer, se la educa en la percep­ción de la belleza, puede llegar a un erotismo táctil sutilísimo, femenino, incluso siendo un hombre, o puede llegar a ser una sadomasoquista del falo siendo una mujer; eso creo que puede ser intercambiable.

L.C.: A tu juicio, ¿qué tipo de circunstancias coinciden en la actualidad con aquéllas que dieron lugar a la novela gótica?

P.P.: La gran circunstancia que siempre está presente en la civilización de origen judeo-cristiano: la angustia y la melancolía.

L.C.: ¿Consideras que puedan haber diferencias de fondo entre una novela gótica escrita por una mujer a las escritas por hombres?

P.P.: No creo. Lo gótico es una sensibilidad romántica común a todos. Pero el hecho es que ha habido grandes escritoras de lo gótico que han infundido una gran pasión a sus relatos, una pasión extrema y al mismo tiempo delicada. Pienso por ejemplo en la "Mathilda" de Mary Shelley o en las obras de las hermanas Brönte.

L.C.: ¿Por qué tu pasión por la novela gótica? ¿No es un anacronismo? El golem, el homúncu­lo de Fausto, el monstruo de Frankenstein... ¿La criatura sigue en pie, acaso más que nunca con los descubrimientos de la genética?

P.P.: Anacronismo, para nada. Sigue en pie, desde luego, en cada momento toma una forma diferente, según las preocupaciones de la época; pero en nuestra cultura contemporánea estos mitos son propios del romanticismo, luego pasan al simbolismo de fin de siglo y cuando más fuertes resultan es en el expre­sion­ismo, sobre todo en el del cine alemán. Son mitos eternamente presentes, porque el del creador y de la criatura es el mito fundacional de la civilización judeo-cristiana, y está ahí: en el mito de Adán y Eva; y es retomado conti­nuamente desde un punto de vista romántico convertido en la creación del monstruo por emulación del hombre hacia Dios. Ahora está vivo por la genética; en otro momento lo estuvo por la guerra, o por lo que sea...

L.C.: Acabas de publicar una nueva novela en VALDEMAR...

P.P.: Sí, "La perra de Alejandría", una historia basada en los últimos tiempos paganos de Alejandría, cuando ésta era un auténtico crisol de la diferencia, una mezcla de razas, religiones, sectas; y cuando los dioses coexistían con los humanos y participaban en su vida. He tenido que documentarme mucho para que el ambiente resultara plausible además de atractivo, y recordar los cursos de arte griego y romano que he impartido en la Universidad y los viajes, las lecturas, etc. Pero lo más importante de esta novela es, a mi juicio, su carácter fantástico más que su vertiente histórica. Ha sido muy divertido crear personajes griegos, dacios, egipcios y romanos y ponerles a vivir aventuras espeluznantes. Como dice mi editor (Pilar Pedraza se refiere, como es lógico, a los señores de Valdemar), es el primer “peplum gore”.

L.C.: ¿Podrías contarnos en qué proyectos estás inmersa en estos momentos?

P.P.: El ensayo sobre cine de terror llamado "Espectra" , publicado el año pasado, me dejó exhausta y pensé que no escribiría nada más en una larga temporada. Naturalmente, las cosas no son tan sencillas. La escritura no tiene vacaciones, sólo sequías. He empezado a trabajar en un nuevo relato, con un nuevo monstruo. Y acabo de terminar el guión de una película basada en "La fase del rubí" en colaboración con el realizador mallorquín Antoni Aloy, interesado también en lo gótico y el terror, y sobre todo enamorado según dice del personaje de Imperatrice. Es un proyecto fabuloso, pero seguramente muy caro. No creo que llegue a ver la luz, al menos en España.

L.C.: "...estaba condenado, como todos, a no verse a sí mismo más que en el espejo, que devuelve la imagen tergiversada sutilmente" . Es el final de tu novela de mayor éxito y tal vez en la que se despliega al mayor abanico de constantes del género gótico, "La fase del rubí" .

P.P.: Al mirarme al espejo siempre me ha llamado la atención que lo que está a la izquierda salga a la derecha y al revés. Una novela es espejo del propio autor, de la cultura en general, del imaginario.

L.C.: Y yo agregaría que un autor es también reflejo de su propia obra, y que ambos, en este caso, confluyen en paz y armonía al otro lado del espejo.