Sumario. Libros. Reseña.
  Cuentos de amor, de locura y de muerte  
Horacio Quiroga  

Editorial Menoscuarto, 2004

 

Miguel Ángel Gara

Uno de los más memorables escalofríos de la adolescencia fue leer el cuento “El almohadón de plumas” de Horacio Quiroga. Era un relato que recordaba a Edgard Allan Poe (ya conocido por casi todos los chavales de la época por sus adaptaciones al cómic o a la música) y que se engastaba en un libro de cuentos que añadía un aroma de espacios abiertos, de albures desesperados entre orillas interminables, que aportaba un desmayado olor a selva, a quinina y a yuyos, a relaciones criollas y a obsesiones subtropicales. Más tarde uno se daba cuenta que algunos de esos matices estaban ya en Kippling, en Stevenson, en Chéjov y en Maupassant, por citar algunos grandes aparte del citado Poe. Pero la novedad de Quiroga suponía pintar esos paisajes latinoamericanos, más próximos a nuestro carácter (o más anhelados quizá), dibujar con acierto las inquietudes de la burguesía rioplatense, los sinsabores de los peones, la configuración de las ubérrimas tierras del norte de Argentina y trasladarnos a la manera de las fábulas el pensamiento de los animales de la zona.

A pesar de que se pueda poner en tela de juicio la originalidad de algunos argumentos no cabe duda que Quiroga es un maestro del cuento. El mismo reconoce en su afamado decálogo que hay que seguir ciegamente a un gurú para después ir desarrollando el estilo propio y eso es lo que no dejó de hacer con una capacidad técnica y un dominio notable de los recursos narrativos hasta que alcanzó la ansiada personalidad artística. En ese camino dejó un glorioso puñado de aciertos.

Este “Cuentos de amor de locura y muerte” , prologado con propiedad por el ubicuo Andrés Neuman es uno de los más importantes volúmenes de la producción de Quiroga, sino el que más, donde se observa esa mezcolanza de tendencias temáticas que le acosaban en sus primeros momentos de autonomía estilística. Algunos de los cuentos ilustran la mala sombra que le caracterizó durante toda su vida y uno se pregunta si anticipan las tragedias que sufrió o por el contrario son resultado de ellas. Desde luego no todos los relatos tienen un final desesperado aunque los mejores probablemente lo tengan . “La insolación” , “A la deriva” o “La gallina desplumada” son obras maestras del género breve ya no sólo en castellano sino en cualquier lengua a la que se quieran traducir.

También es muy cierto como apunta Neuman que algunas de las piezas del libro son manifiestamente menores, ya sea por que se les noten las costuras o porque no se pueda evitar la grosería comparativa o simplemente porque no den la talla entre el resto del conjunto. Este es el caso de “Los buques suicidantes” o “La miel silvestre” , o -para mi gusto- el final del añorado “El almohadón de plumas”, donde Quiroga ofrece más explicaciones de las que se necesitaban.

En definitiva estos cuentos que hablan de amor, de anormalidad y de tragedia, tres de los temas románticos y adolescentes por naturaleza, no defraudarán al lector que se abisma a ellos por primera vez y refrescarán a todos los niños que los leímos en su momento, atenazados por la fecunda desdicha de sus personajes.