Sumario. Libros. Cuaderno Crítico
  El alquimista  
Paulo Coelho  
por Clandestino Menéndez  

“El alquimista” , de Paulo Coelho, una novela publicada por primera vez en 1988, supuso el primer éxito a nivel mundial del famoso autor brasileño do perilha branca . En su momento, y hoy que lo releo, sus páginas despertaron en mí una especie de llama repentina, de combustión súbita, de deflagración interior de la que, sin más preámbulos, quiero hacer partícipes a los lectores, en la seguridad de que me comprenderán. Pero vamos por orden:

La novela se inicia con una serie de citas, prólogos, entradillas, prefacios, facios y posfacios en los que el autor mezcla escenas bíblicas con mitos griegos y hasta refranes populares, que tanto tienen que ver unos con otros como el tango con el heavy metal o Clint Eastwood con Karina. El caso es que, con esta introducción, primero: Coelho se quita de en medio cerca de catorce páginas, que no son pocas; y segundo: crea la ilusión de que está adentrando al lector en una suerte de arcano, algo así como un puzzle cósmico donde todos los componentes, aun los más peregrinos, van a estar relacionados, y si el lector, al fin, no encuentra la clave de la unidad será por su culpa (la del lector, claro).

Aprovecha también Coelho, de paso, como los dentistas que cuelgan todos sus títulos y diplomas en la sala de espera, para decirnos que él estudió en su día Alquimia con un maestro de la leche, el maestro Ram, que le dio clases mediante telepatía (así dice, no miento). Esta enseñanza a distancia terminó por convertir a Coelho en un experto autorizado de toda autoridad para hablar sobre el tema de la Gran Obra y, por qué no, sobre todo lo que se tercie. Dicho lo cual, y cuando uno piensa ya que el autor va a tirarse todo el libro mostrándonos su currículum y preambulándonos la historia, esta de pronto comienza.

Y hete aquí que nos habla de un muchacho español, de nombre Santiago, habitante de Andalucía, que un día siente la necesidad de viajar y ver mundo, y entonces duda entre hacerse turista (verídico) o pastor. Al final opta por el pastoreo porque así también puede tocar la flauta. Al comienzo de la novela, este Santiago marcha con sus ovejas hacia Tarifa, ya sabes, lector, el conocido centro ganadero, para vender allí su lana. Huyendo de todos los tópicos, resulta que el muchacho, la última vez que estuvo en la villa tarifeña para el esquileo, se enamoró de la hija del comprador de lana, culmen de toda hermosura (la hija, no el comprador). El muchacho va todo el camino, entre balido y balido, pensando en cómo conquistar a la muchacha y pedir su mano, pero cuando va a entrar en la ciudad, de repente, y no se sabe muy bien por qué, cambia de propósito y va a ver a una vieja gitana para que le lea un sueño, el cual sueño, o yo estaba atontolinado y no me he dado cuenta (todo puede ser), o no se nos ha dicho cuándo ni dónde lo ha tenido. Pero esto es lo de menos: el caso es que el muchacho va a ver a la gitana interpretadora de sueños que, para de nuevo escapar del tópico, se ha situado al fondo de una casa, detrás de una cortina, y en un ambiente que recuerda no sé por qué al de la consulta de la pitonisa Lola.

Sobrecogido (¿quién no?), el muchacho cuenta a la gitana que ha soñado con que un tesoro le aguardaba en las pirámides de Egipto (y aquí se ve de nuevo el truco coelhense de pretender crear un clima misterioso, iniciático y profundo, a fuerza de meter en un mismo saco todo lo esotérico, críptico, enigmático o simplemente raro que se va encontrando por ahí, desde las Pirámides hasta el Santo Grial, pasando por los dólmenes de Stonehenge o las alineaciones del Atlético de Madrid). La gitana le dice que lo que tiene que hacer es, pues, ir a las Pirámides a por el tesoro, y entonces el muchacho, de quien tres paginas atrás se nos ha dicho que estuvo en un seminario estudiando latín, español y teología, resulta que no sabe qué es eso de las Pirámides ni cuála cosa sea Egipto ni, si me apuran, qué sentido tiene la preposición «de». Debido a todo ello, sale de la casa de la gitana muy confundido.

Tiene lugar entonces uno de los episodios más catastróficos de este libro, que comienza (o casi) con una frase ridícula que ya denunció en su día un gran crítico como Héctor Abad Faciolince y que aquí reproduzco: «Era un día caluroso y el vino, por uno de esos misterios insondables, conseguía refrescar un poco su cuerpo». Esto, efectivamente, de considerar como un misterio insondable el hecho de que cuanto más bebe uno más menos sed tiene, cuanto más come uno más se le pasa el hambre, y que durmiendo (oh, prodigio) se va el sueño, es una de las mayores estupideces de la literatura escrita y oral desde Homero aquí. Pero no acaba así este glorioso capítulo; sin darnos tiempo a reponernos, se nos dice luego con el tono más solemne y grandilocuente una simpleza tan obvia como que «cuando la gente ve siempre a las mismas personas acabamos haciendo que pasen a formar parte de nuestras vidas». Y ya para remate, puntilla y descabello de un lector completamente entregado, Coelho, por mente de Santiago, se nos mete a tratadista literario y opina que una de las principales dificultades de las novelas es que aparecen muchos personajes y hay que acordarse del nombre de todos, o al menos de la mayoría. «Si algún día él [el muchacho] escribiese un libro, haría que cada vez apareciese sólo un personaje, para que los lectores no tuviesen que ir recordando nombres de memoria». Yo creo, Coelho, que en un alarde técnico podría hacer que apareciesen dos; el esfuerzo por seguir la novela sería doble pero podríamos afrontarlo. Pero sigue, sigue Coelho, por boca de Santiago, presentando sus ideales literarios; así, dice que una novela que estaba a la sazón leyendo el muchacho «era buena, porque hablaba de un entierro en la nieve, lo cual le transmitía una sensación de frío bajo aquel sol abrasador». Pues sí, puede ser, aunque imagino que si la leyera un esquimal le parecería un bodrio y si la lee de noche ya no digamos. En fin, que se ve que lo que quería el autor era crear un personaje humilde y sencillo y lo que ha creado es una singular mezcla de Forrest Gump y George Bush II comiendo galletitas saladas.

Pero sigue la historia, pese a todo, y ¿¿con quién me dirán que se encuentra el tal Santiago en las calles de Tarifa?? Pues nada menos que con Melquisedec, rey de Salem, habitual por aquellos pagos. «Mi nombre es Melquisedec —dijo el anciano—. ¿Cuántas ovejas tienes? —Las suficientes —respondió el muchacho». Y todo sigue así, por estos derroteros de pregunta abrupta / respuesta seca. Por ejemplo: «¿Cómo es Salem? —preguntó el muchacho. —Como ha sido siempre», le responde el anciano. Coelho se ve que quería hacer aquí de Melqui (permítanme que, en confianza, le llame a partir de ahora así) un personaje profundo e interesante, pero lo único que consigue con estas preguntas y respuestas desaboridas es convertirle en un tío borde y un tantito gilipollas. El caso es que Melqui, después de todo, le revela a Santiago «la mayor mentira del mundo». Aquí se la transcribo porque estas cosas siempre viene bien saberlas:

«Es ésta: en un momento determinado de nuestra existencia perdemos el control de nuestra vida y pasa a ser gobernada por el destino. Ésta es la mayor mentira del mundo».

Y, a cuenta de esto, insta Melqui al muchacho a realizar su Historia Personal (quédese el lector con esto de las mayúsculas, porque más adelante hablaré sobre ello). En este punto es cuando Coelho se torna heroico y dice las grandes frases que le han hecho famoso. De entrada, dice que «cuando quieres con voluntad alguna cosa, es porque ese deseo nació en el alma del Universo. Es tu misión en la Tierra». ¿Y cómo sabe uno, me pregunto yo, que tiene esa auténtica voluntad, esa voluntad absoluta, esa voluntad abracadabrante? El autor no lo dice pero la respuesta parece obvia: siguiendo las enseñanzas de Coelho y leyendo (mejor, comprando) todos sus libros. La segunda joya, que viene a continuación, es la más celebre del perillán brasileño, al extremo que es la que emplea para, sentado al borde de la playa, anunciar sus obras completas, y dice así: “Cuando tú quieres una cosa, todo el Universo conspira para que realices tu deseo». Esta frase, simbólica de Coelho, es precisamente la más cursi, ñoña e ingenua de las proferidas por el autor (con ser éstas muchas), y para colmo, además de ramplona, es falsa (quiero pensar que inocentemente falsa, pero falsa de toda falsedad) pues, y voy a hablar un momento en serio, ¿qué hay de aquellos cojos que desean con todo su corazón andar o de aquellos ciegos que desean con toda su alma ver? ¿Qué ocurre para que no vean cumplido su deseo?, ¿que no lo desean con la suficiente fuerza y el Universo no conspira entonces? Hay veces, señor Coelho, que la estupidez y la cursilería pueden resultar ofensivas.

El caso es que, por soltarle tamaña memez, Melqui le cobra al muchacho una décima parte de sus ovejas, aun siendo el rey de Salem rico y opulento. La razón es que «todo tiene un precio. Eso es lo que tratan de enseñar los Guerreros de la Luz». Lo cual, por mucho que se adorne guerreril y luminícamente, no es sino una burda justificación para el hecho de que Coelho, estando como asegura estar en posesión del secreto de la vida (así parece sostenerlo a veces y completamente en serio), no lo ponga al servicio de la Humanidad sino que lo venda en dosis encuadernadas a 9 euros más IVA (tal me costó este bolodro, que no me despachó precisamente ningún Guerrero de la Luz, sino una dependienta de El Corte Inglés).

El viejo al fin se marcha y a su salida se suceden grandes catástrofes, o si no juzgue el lector este párrafo, tontuno por demás: «Un viento empezó a soplar. Él conocía aquel viento: la gente lo llamaba de Levante, porque con este viento llegaban también las hordas de infieles (¿Qué tendrá que ver los infieles con el viento, Paulo? La gente lo llama de Levante porque viene de donde se levanta el sol). Hasta que conoció Tarifa, nunca había pensado que África estuviese tan cerca (pues sí, cuando estaba en Groenlandia pensaba que África estaba mucho más lejos). Esto era un gran peligro: los moros podrían invadirles nuevamente (mejor lo dejamos aquí, Paulo, que no está el horno para bollos)».

Hecho, como se ve, un piélago de dudas, el muchacho repara entonces en un vendedor de palomitas de maíz que, según le explicará el rey de Salem, un día quiso cumplir su Historia Personal pero se compró el carrito y la fue aplazando, aplazando, y así indefinidamente. Y digo yo, y el lector habrá apreciado, que sucediéndose la historia en un ambiente presuntamente simbólico y con un vago eco medieval, ¿no habría un elemento menos pop, y nunca mejor dicho, menos circunstancial y más sugerente que un vendedor de palomitas, que ya de por sí suena a cachondeo? Comoquiera que sea, a la vista de aquel proletario del maíz Santiago decide desprenderse de su cabaña ovina y lanzarse en pos de su Historia Personal.

Y aquí haré un pequeño inciso, como anuncié, sobre el tema de las mayúsculas, que Paolo va desparramando aquí y allá por todo el texto para remarcar infinidad de conceptos, para sufrimiento de quienes, como yo, además de una gran finura literaria y pirómana, también tenemos sensibilidad tipográfica, y nos duele ver cómo en muchas ocasiones el texto parece una auténtica montaña rusa, pues el autor mayusculiza conceptos tales como Historia Personal (ya citado), Secreto de la Felicidad (cómo no), Suerte del Principiante, Maestro Jardinero, Amor de Madre, Entresuelo Izquierda, y así un sinfín más hasta alcanzar la cumbre, que ocurre cuando, atacado por el estro, va Paulo y escribe «Todas las Cosas».

A Todo Esto ya tenemos a nuestro protagonista en África, donde apenas llegar, por la forma en que el muchacho (transmutado ya claramente en Forrest Gump) saca el dinero obtenido con las ventas de sus ovejas del bolsillo y comienza a mostrarlo a palmas abiertas por zocos y tabernas, algo, un no sé qué, un qué sé yo, una indicación sutil del autor, nos hacía sospechar que iban a robárselo. Al fin, al cabo de tres o cuatro páginas (mucho tardaron, de todas maneras), efectivamente se lo roban, pero el muchacho no se lo toma a mal porque «sintió de repente que podía mirar el mundo (...) como un aventurero en busca de un tesoro». Una consolación digna de Boecio.

Así las cosas, se ve obligado a entrar a trabajar para un Mercader de Cristales (las mayúsculas son de Paulo), con quien se entiende perfectamente porque el muchacho, según declara, «hacia muchos años que hablaba con las ovejas en un lenguaje sin palabras». También ayudó un poco que el Mercader chapurreara algunos idiomas. Santiago quiere dinero rápido para estar al día siguiente mismo en Egipto, a lo que el Mercader le revela que para llegar a Egipto tiene que atravesar todo el desierto, ante lo cual el muchacho se queda desolado, y el lector más, al pensar en el dinero que se gastaron sus padres en darle una educación seminarista, latina y teológica para que, total, no aprendiera ni siquiera eso que todo el mundo sabe. En fin, el muchacho es un zoquete, qué vamos a hacerle, pero limpiando cristales resulta ser un hacha y pronto llega a alcanzar en maestría al Mercader, quien según declara conoce, después de treinta años, «todos los detalles del funcionamiento del cristal». Ah, el cristal, ese mecanismo tan complicado.

El aprendizaje cristalero del protagonista hace que Coelho haga estas consideraciones sobre él: «Hubo una época en que le pareció que las ovejas podían enseñarle todo sobre el mundo. // Pero las ovejas no hubieran podido enseñarle árabe. // “Debe de haber en el mundo otras cosas que las ovejas no puedan enseñar”, pensó el muchacho». Así que se decide a proseguir con su viaje hacia las Pirámides, después de enriquecerse con el negocio de los cristales, lo cual demuestra que, muchas veces, para hacer dinero y escribir bestsellers no hace falta mucha inteligencia. Más bien lo contrario.

Para ello, el muchacho se une a una caravana. Caravana, por lo demás, bien asombrosa, pues según luego nos enteraremos «no importaba cuántas vueltas tuviese que dar, la caravana seguía siempre en dirección a un punto». Este maravilloso suceso ocurre así también (y no deja de admirarme) con los autocares Alsa: uno se monta en el que marca: «destino, La Coruña» y, por esas cosas del azar, acaba por lo general llegando a La Coruña, ante el pasmo de los viajeros. Hay ocasiones, sí, en que el autocar de pronto vira y se dirige hacia Almería, pero más bien suele ocurrir lo otro.

La caravana echa a andar y, según nos explica Coelho, «en el desierto sólo se oía el viento perpetuo, el silencio y los cascos de los animales». Sería un desierto empedrado. Entre los miembros de la caravana, el muchacho se encuentra con un inglés cuya vida, «toda su vida, todos sus estudios se encaminaban en busca del lenguaje único que hablaba el Universo». Esto del lenguaje es una «coelhada» más según la cual todas las cosas (o sea, Todas las Cosas) hablan una suerte de Lenguaje Universal cuyas palabras principales son «suerte», «coincidencia», «premonición» y más adelante se le irán ocurriendo otras. Esta búsqueda del Lenguaje Universal (que, según parece, viene a ser la Alquimia) ha hecho del inglés un tipo sabio al modo «coelhense», es decir, capaz de soltar sentencias como ésta: «Cuando no se puede volver, sólo debemos estar preocupados por el mejor modo de seguir adelante». En este punto, me tomo la libertad de proponerle al brasileño unas cuantas sentencias más de parecido jaez, por si acaso algún día se queda sin ellas. Máximas del estilo a: «Si uno anda, ya no está parado», «Si uno corre, avanza más rápido» o «Si uno tiene dos rivales por delante, entonces no existe fuera de juego».

A todo esto, dedican el inglés y el ex pastor (y el jefe de la caravana, que se les une de vez en cuando para hacer una apostilla) la larga travesía del desierto a aclarar lo del lenguaje que hablan todas las cosas, que es algo que habíamos entendido a la primera y con lo que Coelho llega a ponerse ciertamente pesadísimo. El tema se reduce a esto: «El mundo tiene un Alma, y quien entienda esa Alma entenderá el lenguaje de las cosas», pero repetido, ya digo, mil veces. Así mismo, durante la travesía, desarrollan una especie de filosofía de baratillo, o pensamiento todo a cien, que se reduce prácticamente al tema del «carpe diem» (aprovechar el momento) pero dicho con una solemnidad ridícula. Como cuando, por ejemplo, el muchacho llega a la conclusión de que «mientras estoy comiendo, no hago nada que no sea comer. Si estuviese caminando, sólo caminaría». Conozco yo, sin embargo, gente capaz de comer mientras camina, de silbar mientras trabaja, e incluso bastantes, y perdón por lo vulgar, que se meten al escusado con un periódico; sin duda, todos ellos deben de ser prodigios de la naturaleza, según esta filosofía coelhense fabricada a vuelapluma.

En estas y otras simplezas, llegan al oasis de Al-Fayoum, y (cito textualmente): «El muchacho no podía creer lo que estaba viendo: en lugar de ser un pozo rodeado por algunas palmeras —como había leído una vez en un libro de historia—, el oasis era mucho mayor que varias aldeas de España». Es decir, que el muchacho, después de haberse no se sabe cuánto tiempo en un seminario, ignora dónde está, siquiera por aproximación, Egipto, uno de los países más nombrados del mundo, pero sin embargo conoce y ha leído en libros de historia sobre Al-Fayoum. Ciertamente asombroso. Aunque tal vez lo que quería decir Coelho (y no lo logra) es que el muchacho tenía una noción de los oasis (en general, no de ese en concreto) adquirida en los libros. Seguramente era esto, por ello quede aquí como prueba de que, además de lo huero de la filosofía que impregna (mejor, que pringa) este librillo, está escrito en muchas ocasiones de forma deslavazada y sin gracia.

Allí en el oasis donde la caravana hace un alto el muchacho se empieza a acercar al puro lenguaje del mundo. «Y esto se llamaba Amor». Es entonces cuando el nivel de cursilería asciende varios grados y el lector desprevenido corre el riesgo de palmar de una hiperglucemia. «Y cuando estas personas se cruzan y sus ojos se encuentran, el pasado y el futuro pierden toda importancia, y solamente existe aquel momento, y aquella certeza increíble...», es un ejemplo del estilo, que durará a partir de aquí durante varios capítulos, prácticamente hasta el final, y contra el que las autoridades sanitarias deberían tomar medidas drásticas.

En medio de estas consideraciones sobre el Amor el muchacho tiene tiempo para advertir cosas como que «las dunas cambian con el viento, pero el desierto permanece igual». Quede el lector con los ojos fijos sobre esta frase, igual que hace ante los dibujos de tres dimensiones, y tras un breve rato, de súbito, se le mostrará nítidamente su estupidez.

Cerca de treinta, cuarenta, cincuenta páginas sobre el Alma del Mundo y el Lenguaje Universal, por si quedaba algún lector despistado no había captado el concepto. En medio de tal engrudo, de pronto el muchacho tiene una visión: dos gavilanes peleándose, que interpreta como que en breve dos ejércitos librarán una batalla en aquel lugar. Se lo cuenta al jefe del oasis y cuando sale de su tienda de pronto le intercepta un caballero, que pregunta con voz ronca: «¿Quién osó leer el vuelo de los gavilanes» «Yo osé —dijo el muchacho», y aquel fue el comienzo de una gran amistad.

El caballero en cuestión resulta ser un Alquimista que pone al muchacho al cabo de la calle sobre una cuestión; ¿adivinan cuál? Sí señor, el Alma del Mundo y el Lenguaje Universal, en largas charlas que el muchacho escucha admirado, como si no hubiera oído nunca. Bien es verdad que el Alquimista emplea como ilustraciones consejas de este estilo: «El mal no es lo que entra en la boca del hombre. El mal es lo que sale de ella», que suenan, por muy alquimista que sea uno, a cartel de bienvenida del Asador Fermín.

Para colmo de males, Coelho se nos releva como machista. Juzgue el lector: resulta que en sus reflexiones sobre el Alma del Mundo y Todo lo Demás, el muchacho ha conocido a una tuaregsa, o como se diga, de nombre Fátima. El muchacho duda entre proseguir viaje o quedarse con Fátima. El Alquimista le conmina a que siga su viaje en pos de su Historia Personal porque «ella ya encontró su tesoro: tú», y más adelante le dice que marche sin cuidado «porque una mujer del desierto sabe esperar a su hombre». Es lo que se dice: la mujer, con la pata quebrada y en el oasis.

Lo cursi va creciendo por páginas, hasta llegar a tal grado de empalagosidad que hace temer por los empastes del lector. ¿Pues qué, si no, el diálogo que se trae de pronto el muchacho en mitad del desierto con su corazón y donde se dicen cosas tan sensibles como «nosotros, los corazones, vamos hablando cada vez más quedo, pero no nos callamos nunca», junto con otras mil cosas por un estilo que me da repeluzno repetir?

Lo de la Historia Personal y todo lo demás tenia cierto (muy poco, pero cierto) pase mientras se mantenía en el terreno de lo cursi, pero cuando llega al nivel de la majadería resulta francamente cargante. Aquí va esta escena que se comenta por sí sola. El muchacho y el Alquimista se encuentran una concha (caparazón de molusco, para nuestros lectores sudamericanos) en el desierto. El muchacho se la acerca al oído y oye el rumor del mar. Entonces aclara el Alquimista: «El mar sigue dentro de esta concha, porque es su Historia Personal. Y nunca la abandonará, hasta que el desierto se cubra nuevamente de agua».

De pronto, llegan los malos al oasis y sorprenden al muchacho y al Alquimista en medio de sus incalificables elucubraciones. A cambio de que no les maten, el Alquimista dice que el muchacho «se transformará en viento». Ahí es nada. El muchacho, claro, le mira con asombro, pero el Alquimista le tranquiliza diciéndole: «No te preocupes. Generalmente la muerte hace que las personas lleguen a ser más sensibles a la vida». Ante lo cual el muchacho se tranquiliza. ¿Quién no?

El caso es que el muchacho se tira dos días mirando hacia el desierto, y al tercero llega la gran prueba: debe convertirse en viento. ¿Cómo lo hará?, se pregunta el lector. Pues nada más fácil. Como el muchacho ha aprendido el Lenguaje Universal que habla Todo Quisqui, se pone a hablar con el desierto, con el aire, con el Sol, para que le presten su poder, y todos acaban remitiéndole al mismo: al de arriba. Con «la Mano que lo escribió todo» le llaman, pero vamos, es el Altísimo. Allá va el muchacho a entrevistarse con él, ni corto ni perezoso, ayudado por el sentimiento del Amor, y tiene lugar entonces lo que en términos alquímicos técnicos se conoce como «la racatombe». Al cabo de lo cual, el muchacho se ha convertido en viento, los malos se encogen de hombros y se van, el chico sigue en pos de su Historia Personal y yo decido cerrar el libro a falta de pocas páginas porque, sinceramente, ya no puedo más con él.

Sólo me queda, acaso, hacer una consideración general sobre las posibles virtudes que hicieron de este libro un bestseller, y los palparios defectos que hacen de él una obra mala sin paliativas. Entre las claves del éxito cuenta sin duda el hecho, que ya apuntó Héctor Abad Faciolince, crítico antes nombrado, de que Coelho sigue el esquema simple y básico que se encuentra detrás de todos los cuentos infantiles y que es una especie de esquema de comprensión universal, el ABC de los cuentos: joven se ve llamado a realizar una misión, joven emprende viaje, joven se enamora, joven ha de superar una serie de pruebas, joven triunfa. Asimismo habría que apuntar, entre los propulsores del éxito, el hecho de que Coelho hace proselitismo, al distinguir claramente entre nosotros, los que leemos la novela y tenemos una sensibilidad y un sentido de lo trascendente, y el resto; y asimismo dice lo que cualquiera quiere oír: que al final, en el último momento, aunque todo parezca apuntar hacia lo contrario, tus sueños se realizarán y serás feliz. Súmesele a esto un lenguaje elemental, sin riesgo, en ocasiones de parvulario, y tal vez se empiece a comprender el porqué del éxito coelhense.

Entre los defectos habría muchos que apuntar, pero baste uno, que es sin duda el más grave, y es la total falta de sentido del humor del escritor, su insufrible engreimiento, el hecho de que realmente (¡realmente¡) se cree que nos está dando la clave de la existencia y que está introduciendo al lector en un mundo de espiritualidad. Sólo por eso, por no querer distanciarse de sí mismo, resulta un libro extremadamente ridículo, tal vez uno de los más ridículos que se hayan escrito nunca.

Clandestino Menéndez

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