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MONOGRAFICO
ALEJANDRO
CASONA

UN
EXILIADO PARTICULAR
POR
©JUAN
DIOS GARCÍA GÓMEZ .Universidad
de Murcia
1903
- 1936
Nací y me crié en una vieja casa
solariega que, por ser la más grande de la aldea, es llamada por
todos “la casona”. Es frecuente en las aldeas (donde por ser
casi todos parientes, los apellidos se repiten mucho) distinguir a
las familias por el lugar que habitan: así se dice “los de la
Fuente”, “los del Valle”, y en mi caso, “los de la
Casona”.
Con
esa «distinción» paseó el autor su obra por todo el mundo,
haciendo de ese apellido simpático un sello de calidad literaria y
teatral. Besullo fue la aldea asturiana que lo viera nacer en 1903.
Cinco años después vivió en Villaviciosa; más tarde, comenzó
sus estudios de Bachillerato en Gijón, aunque fuesen terminados
casi en el punto más distanciado de Gijón en la geografía española:
la ciudad de Murcia, debido al traslado profesional al que sus
padres -ambos maestros- fueron obligados.
En el sureste es donde empieza a relacionarse con gente de
teatro y a escribir sus primeras fantasías literarias, al tiempo
que ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras. Pero ya, para
entonces, no habrá nada que le haya influido más que su infancia
en Asturias. Esta huella va a ser indeleble desde la publicación de
su primer libro en 1926 -una serie de poemas titulada El
peregrino de la barba florida- hasta su relato dramático en dos
tiempos El caballero de las
espuelas de oro, estrenado en 1964 en Madrid, un año antes de
fallecer, por lo que ha sido considerado como su testamento artístico.
Tres alegres años dura la estancia en Murcia, hasta que en
1922 entra en la Escuela Superior de Magisterio de Madrid. En la
capital española cursa sus estudios durante cuatro años y se hace
inspector al término de éstos, dedicando todo el año de 1927 a
realizar prácticas. Pero
al año siguiente, en 1928, es destinado por el Ministerio de
Instrucción Pública a Lés, un pueblecito del Valle de Arán (Lérida),
como inspector de Enseñanza Primaria. Casona encontrará allí la
piedra angular de la pedagogía aplicada al teatro, sobre todo al
infantil:
Allí
fundé, con los chicos de la escuela, el teatro infantil “El Pájaro
Pinto”, realizado a base de repertorio primitivo, comedia de arte
y escenificaciones de tradiciones en dialecto aranés. Tuvimos éxito.
Se entretuvieron los más chicos y quedó prendida en la mente de
los mayores una lección, una enseñanza, un aletazo a la imaginación.
Con
esta declaración, y como iremos viendo a lo largo de la obra y la
vida personal de Casona, comprobamos que algo constante en su carácter
va a ser su inagotable altruismo, fuente de energía para dedicar su
atención y su poder moral, oficial y económico a trabajar por
acciones de solidaridad humana y social.
En 1928 también tiene lugar, en San Sebastián, su boda con
Rosalía Martín Bravo, compañera de estudios de Madrid, y su
nombramiento como finalista en un concurso de ABC
por la pieza Otra vez el
diablo.
La situación profesional en el valle pirenaico le
proporciona una excelente oportunidad para ir escribiendo otras
obras como El crimen de Lord Arturo -adaptación
del relato original de Oscar Wilde, estrenada en Zaragoza en 1929- ,
traducir piezas breves de August Strindberg y publicar su segundo
libro de poemas, La flauta del
sapo (1930).
Corre el año 1931 y, tras una fugaz estancia como inspector
en Asturias y en León, oposita con éxito por una plaza en la
Inspección Provincial de Madrid, donde fija su residencia hasta el
comienzo de la contienda civil.
No obstante, decir que residirá en Madrid durante esos seis
años es decir una media verdad, puesto que, el mismo año en que
Casona consigue esa plaza madrileña, se proclama la II República
Española, y el recién creado Patronato de Misiones Pedagógicas le
asigna el cargo de director del «Teatro del Pueblo».
Esta temporada de nomadismo teatral comprende una
hiperactividad artística y pedagógica que se ve premiada, por fin,
en los años siguientes. Se le concede en 1932 el Premio Nacional de
Literatura por Flor de
Leyendas, un ejemplo de amor hacia los niños que han de crecer
con una base literaria fundamentada, con ahínco, en el aprendizaje
de lo universal, a través de la lectura de historias legendarias
pertenecientes a distintas culturas.
En
1933, Casona envía el manuscrito de su obra La
sirena varada al concurso más prestigioso de literatura dramática
en lengua española: el Lope
de Vega. Era un autor poco afamado en los medios literarios, sin
embargo, de la noche a la mañana va a convertirse en la última de
las tres promesas -junto a García Lorca y Jardiel Poncela- que
encabezarán el espíritu de renovación del teatro anquilosado
anterior a la guerra civil.
Estos tiempos serán, pues, los primeros días gloriosos para
el autor, y fundamentales para darse a conocer entre algunas
personalidades literarias consagradas de la época. Recogeré sólo
una pequeña muestra de los testimonios
escritos a raíz del estreno de la obra ganadora del Lope de
Vega en 1934:
«Alejandro Casona es un gran
poeta ante todo; cualidad sin la que no es posible ser un gran autor
dramático, ni un gran novelista, ni si me apuran, nada que valga la
pena en este mundo. Muy moderno, pero muy seguro de su modernidad,
que no es la pirueta alocada de tantos volatines literarios.
Alejandro Casona es, entre los jóvenes, uno de nuestros más
positivos valores. Es, además, excelente persona; lo que, si bien
pudiera significar poco para el valor de su obra -yo no lo creo así-,
significa mucho para los que tenemos la satisfacción de llamarnos
amigos suyos» (Jacinto Benavente).
«El
aire del mar que sopla de modo misterioso en el poema de Casona, es
un aire de mar nuevo y verdadero que refresca las eternas bambalinas
del teatro. Yo brindo con alegría por el futuro de este autor y le
deseo que más adelante mueva, bajo los telares y las diablas, una
sirena de verdad donde se agudice la norma y la forma de su poesía.
Deseo para bien del teatro y de Alejandro que La
sirena varada sea
pronto sirena alada» (Federico García Lorca).
Su
difusión, en tan sólo dos años, superó las quinientas
representaciones. Fue su triunfo más popular, el que hizo más
ruido.
A lo largo de la obra, hay alusiones a revueltas
estudiantiles ante la Facultad de Medicina de San Carlos;
manifestaciones de rechazo a los uniformes y a la jerarquía de
clases; una chica desamparada que es violada por un borracho señorito,
irresponsable y decadente; desdichados reclusos en un reformatorio
extremadamente sórdido; un adolescente que utiliza la violencia física
como arma desesperada ante las injusticias y penas que le ha
deparado su triste infancia; un sinfín de sentencias en contra de
cualquier clase de represión y a favor de una idea apologista de la
libertad ontológica y social, a veces a modo de discurso político:
«Los hombres libres no toman nada ni por la fuerza ni por limosna.
Que aprendan a conseguirlo todo por el trabajo».
Exilio
Se convierte, pues, en uno de los autores más alabados de la
España republicana. Triunfa también gracias al apoyo de la actriz
Margarita Xirgu, en esos momentos la de más renombre en el país,
quien logrará su consagración con el estreno de sus primeras obras
en Madrid.
Aunque, como ya sabemos, España entra en guerra, y con este
acontecimiento llega el exilio de muchos autores, incluyendo a
Casona; fue algo evidente, pues él, como tantos otros, era un
artista abanderado de la República.
Ya en 1936, el improvisado itinerario de huida, ayudado por
amigos y compañeros, lo lleva desde León a Gijón y desde allí a
Santander, San Sebastián e Irún, ciudad a través de la cual entra
a Francia, donde contacta con la compañía de comedias de Josefina
Díaz de Artigas y Manuel Collado, una de las más célebres de la
España de preguerra.
Con esta compañía, en la que trabaja como director artístico,
inicia una gira por América que durará desde 1937 hasta 1939.
Recorren Méjico, Cuba, Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Perú,
Chile y Argentina. Simultáneamente, se dedica a dar numerosas
conferencias en multitud de congresos e instituciones celebradas
alrededor de todo el continente americano; es galardonado
incesantemente por distintas entidades; pronuncia lecturas y realiza
toda clase de actividades dramáticas, hasta que se instala
definitivamente en Buenos Aires, donde continúa divulgando su
extremada pasión por la literatura y el teatro en diversos artículos
y estudios, donde colabora a menudo con revistas y periódicos
europeos y americanos, donde se atreve a producir películas, donde
adapta muchos guiones -propios y ajenos- para la industria
cinematográfica
y teatral hispanoamericana, donde mantiene una vehemente actividad
de radio-teatro, donde es director de obras de Tirso, Lope,
Cervantes, Shakespeare, Galdós, Ibsen, Bocaccio, Calderón, Wilde,
etc... Además de llevar a cabo todas estas tareas, Casona tiene
tiempo para viajar, con cierta frecuencia, por los países
americanos vecinos, incluyendo grandes escapadas a la vieja Europa,
donde es recibido con expectación por el estreno de sus comedias.
Pero lo más importante para su carrera como dramaturgo es
que va a ser aquí, en América, tras años de incansable trabajo,
donde comience a publicar el grueso de sus mejores obras y, por
supuesto, a estrenarse con un éxito arrollador: Las
tres perfectas casadas se estrena en Buenos Aires (1941), al
igual que La barca sin
pescador (1945), La
molinera de Arcos (1947),
Los árboles mueren de pie (1949),
La llave en el desván (1951),
Siete gritos en el mar (1952),
La tercera palabra (1953),
Corona de amor y muerte (1955)
-versión personal de la antigua leyenda de doña Inés de
Castro-, La casa de los siete
balcones (1957) -otra que cuenta entre mis favoritas- y
Tres diamantes y una mujer (1961); en Méjico se estrena Prohibido
suicidarse en primavera (1937); Romance
en tres noches (1938) en Caracas; Sinfonía
inacabada (1940) en
Montevideo y Carta de una
desconocida (1957) -adaptación teatral de una novela del austríaco
Stefan Zweig- en Porto Alegre.
Como vemos, Casona debe agradecer al continente americano
tanto la oportunidad de entregarse como el gozo de recoger una
cosecha de éxitos continua que, poco a poco, se irá extendiendo
por toda Europa y el mundo, siendo representado en Milán, París, Río
de Janeiro, Lisboa, Burdeos, Munich, Florencia, Dublín, Amsterdam,
Bruselas, Johannesburgo, Zurich, Berlín, Tel-Aviv, Jerusalén,
Amberes, Gante, Lovaina, Los Angeles, Atenas, Norrköping, Lucerna,
Montecarlo, Viena, La Haya, Breda, Gales, Moscú, Berna, Helsinki,
Roma, Nápoles, Venecia, Rotterdam, Ginebra, Belgrado, Leningrado,
Riga, Köenigsberg, Praga, Varsovia, Lieja, Brujas, Aquisgrán...
Pero la historia, paradójicamente, está construida a base
de contradicciones que se repiten. Así, Casona logra ser reconocido
internacionalmente como dramaturgo fuera de su país. Esta paradoja
se da en muchos artistas marcados por el exilio. En nuestra
literatura es ya mítica la amistad que estrechó durante la larga
estancia americana a los que me permito nombrar «los tres exiliados
de oro», mito fraguado en las sucesivas reuniones nocturnas
acaecidas en el retiro uruguayo de la Xirgu, en su casa de Punta
Ballena, cerca de Punta del Este:
Allí
solían reunirse Alejandro Casona, que llegaba con su esposa en una
moto con sidecar, Alberti y Teresa León, Curotto y su esposa, y los
temas eran siempre el teatro y España, sus grandes obsesiones. Era
una mujer humilde, poco afecta a los reconocimientos públicos [...]
De esta época es también su primera aparición por la televisión,
que causó terrores a la actriz, con La
casa de Bernarda Alba y La
dama del alba.
Habría
bastantes páginas que escribir sobre la relación entre esta
importantísima actriz y sus dramaturgos contemporáneos, pero eso
merecería un estudio aparte, amplio y profundo. El caso que nos
ocupa se centra en la obra de Casona, y a él nos hemos de ceñir.
Volvamos por un momento a España. ¿Qué ocurría en el
panorama cultural del país, gobernado bajo la dictadura del general
Franco?
Antonio Machado, que había sido la más alta figura de la lírica
española, cantando como muy pocos el paisaje y el alma del corazón
de nuestro país, muere en Colliure, expatriado, el mismo año en
que acaba la guerra civil, y en 1940 Jardiel Poncela estrena Eloísa
está debajo de un almendro, obra que hoy en día todavía sigue
siendo un clásico del teatro español contemporáneo.
Miguel
Hernández, víctima de la tuberculosis producida en sus tres años
de cautiverio, muere en Alicante, en 1942, año en que Cela publica La
familia de Pascual Duarte, todo un ejercicio de imaginación
que, debido a su trama, con todo el tiempo pasado, ha venido a
reconocerse como la inauguración de un vigoroso realismo
existencial en la narrativa española.
Mientras Casona repasa en la lejana Argentina los guiones
cinematográficos de Casa de
muñecas, de Ibsen, y de El
abuelo, de Galdós, y Max Aub, exiliado en Méjico, escribe el San
Juan y Morir por cerrar
los ojos, Dámaso Alonso prepara la publicación de su
revolucionario Hijos de la ira (1944), metralla poética que representa el grito
estremecedor del hombre que anhela un espacio de paz desaparecido, y
tal vez irrecuperable. La dama
del alba se estrena el mismo año de esta publicación, en 1944.
En 1947 muere Gregorio Martínez Sierra, autor de,
probablemente, la más pacífica comedia de la historia de la
literatura española, Canción de cuna, con la que alcanzó unas proporciones
extraordinarias de popularidad, sobre todo en países de habla
inglesa;
dos años después, un joven Buero Vallejo estrena la impactante y
aplaudida Historia de una
escalera, ganadora del premio
Lope de Vega. Al año, se estrena otra muestra de renovación
del teatro español con la no menos aplaudida En
la ardiente oscuridad, un reto realmente complicado para el
espectador, pues plantea una situación de actitudes opuestas entre
los protagonistas del drama -todos ellos ciegos- que genera una
fuerte tensión, a veces difícil de soportar, ya que su tema
trasciende no sólo al plano social, sino también al moral, al
sentimental y al existencial, todo escrito bajo las claves de un
estilo neosimbolista.
En 1951 fallece uno de los grandes del 27, Pedro Salinas, el
clasicismo castellano y la emoción levantina, el arquitecto de La
voz a ti debida y el poeta de trazo ágil y fino de Fábula y signo y Razón de
amor. Un año más tarde también se nos va Jardiel Poncela, el
intelectual madrileño que no cesó de cantar al ingenio en cada una
de sus obras; muere toda una personalidad literaria, con esa visión
propia del mundo, con un humor desorbitado, loco, disparatado,
caricatural, pero trascendente. En 1952 Miguel Mihura estrena al fin
Tres sombreros de copa
-escrita ya en 1932-, la obra que lo va a hacer más famoso, pionera
del absurdo español. Pero las influencias del teatro radicalmente
comprometido ya comienzan a palparse con el estreno, en 1953, de la
obra de Alfonso Sastre Escuadra
hacia la muerte, mostrando la relevante personalidad de un nuevo
autor que abrirá heridas en demasiadas conciencias adormecidas,
algo por lo que tendrá que pagar caro muchas veces, aunque la lucha
forme parte esencial de su concepto particular del teatro....
2ª parte
Un año después muere el maestro Jacinto Benavente, y con él
una manera de entender el teatro y la vida, marcada por unas
circunstancias bien distintas a las que ahora suceden; pienso que
Benavente es, ante todo, el tremendo dominio y respeto por la
arquitectura teatral.
Juan Ramón Jiménez recibe el Premio Nobel en 1956, y su
fama alcanza por fin la internacionalidad;
aunque, a estas alturas, es la sangre nueva la que se está
imponiendo en la literatura española. En el campo dramático
destacamos que Buero estrene en 1956 Hoy
es fiesta, en 1958 Un soñador
para un pueblo, y en 1962 El
concierto de San Ovidio, tres piezas clave que demuestran la
evolución que va desarrollándose en su carrera de batalla y
mensaje social y existencial en los escenarios, ya que el género
teatral proporciona la oportunidad de arrancar los contenidos
literarios del libro a las tablas y, por lo tanto, se consigue una
comunicación artística más inmediata y, al parecer, más
provocativa. Simultáneamente, Sastre estrena La
cornada. Ambos autores encabezarán la lista de los mejores
dramaturgos españoles de la segunda mitad de este siglo.
Aunque gran parte de la innovación teatral del siglo XX
ocurre a principios de éste, en Europa ha de señalarse el estreno
de piezas fundamentales para nuestra historia reciente durante los años
del exilio casoniano. Sobresalen el de Madre
Coraje y sus hijos en 1939 y El
alma buena de Sechuan en 1943, de Bertold Brecht, poeta dramático
de talento expresionista y verdadero innovador del teatro moderno,
al que da fuerza épica. Junto a estas dos obras del dramaturgo alemán,
hemos de contar también con el estreno en 1947 de Las
criadas, del francés Jean Genet, autor cuya obra dramática
utiliza un magnífico ropaje poético con el fin de revelar la
compleja manera de sentir de sus personajes. El mismo año, en Gran
Bretaña, la censura prohíbe la pieza teatral de Erskine Caldwell, La
ruta del tabaco. Quedan atrás la muerte de Meyerhold, el discípulo
más aventajado de Stanislavski, como también está asimilado el
teatro de Ibsen, el de Pirandello, los estudios sobre el teatro político
de Piscator, el rechazo de los expresionistas por los obstáculos
que impiden llegar a la pureza en el escenario, etc...
En el año 41, el francés Louis Jouvet y su compañía
teatral se embarcan en una gira por América del Sur. Al tiempo que
triunfa ese segundo gran estreno de Brecht, se sabe de la muerte de
Max Reinhardt en Nueva York; el actor y director austríaco había
adquirido reputación internacional gracias a sus realizaciones en
el Deutsches Theather de Berlín, y como fundador del Festival de
Salzburgo. En Estados Unidos se había dedicado al cine. Mientras
tanto, en la Comédie-Française, Jean-Louis Barrault dirige El zapato de raso, de Paul Claudel, obra de teatro calificada de
irrepresentable, pero cuyo éxito es evidente. En el Théâtre de la
Cité, Charles Dullin estrena Las
moscas de Jean-Paul Sartre.
En 1944 se representa por primera vez la Antígona
de Jean Anouilh; al año siguiente se realizará un merecido
homenaje a la figura de Jean Giradoux con la representación de La loca de Chaillot, y la compañía Renaud-Barrault presentará Hamlet,
traducido por André Gide y con decorados de André Masson.
En 1946, Jean-Paul Sartre goza de un éxito tumultuoso con la
representación de sus obras Muertos
sin sepultura y La
mujerzuela respetuosa. Dos años después, se interpretarán dos
piezas en París: El estado de sitio de Albert Camus y Las manos sucias de Jean-Paul Sartre. El existencialismo tiene ya
unos nombres y unos títulos.
El público europeo recibirá con excelente crítica el
estreno de La muerte de un
viajante, de Arthur Miller, en 1949, abriendo el camino a la
década de los cincuenta, en la que los más prestigiosos
directores de escena hacen un esfuerzo por interpretar adecuadamente
las teorías teatrales de Antonin Artaud, insigne destructor de los
límites de la representación.
En Francia, un gran acontecimiento teatral es el estreno, en
1951, de la obra de Sartre El
diablo y el Buen Dios, con decorados de Félix Labisse y dirección
de Louis Jouvet. En Avignon, Gérard Philipe triunfa con El
príncipe de Homburg, de Heinrich von Kleist.
Sobresaldrán los estrenos de La
cantante calva y Las
sillas, de Ionesco, en 1950 y 1951 respectivamente, y el estreno
en 1953 de la sin par Esperando a Godot de Samuel Beckett. Son obras cumbre del teatro del
absurdo, cuya repercusión ha llegado hasta nuestros días. Como muy
bien apuntan los profesores César Oliva y Torres Monreal, Beckett
es el autor más profundo de esta tendencia porque «es cuando el
absurdo descubre el humor trágico».
Tenesse Williams publica La
gata sobre el tejado de cinc en 1955, y a finales de la década,
en 1959, la compañía del Berliner Ensemble interpreta La
increíble ascensión de Arturo Ui, de Bertold Brecht. Tres años
después, en 1962, Harold Pinter recibirá críticas muy diversas,
violentamente enfrentadas, por el estreno londinense de su obra La
colección.
Esto es una síntesis bastante superficial de lo ocurrido en
estos años en España y Europa, pero es totalmente necesaria para
acercar al lector a los hitos literarios más importantes que irán
dirigiendo la historia de la dramaturgia de Occidente. Siento no
poder extenderme todo lo que yo quisiera en el comentario de los
distintos movimientos teatrales acaecidos en todo el mundo entre los
años en que Casona se encuentra bajo la circunstancia del exilio,
aunque supongo que se comprenderá mi disculpa, por razones de
espacio.
El siglo XX, en nuestro país, ha sufrido la agitación
tremenda que cada ciclo de la humanidad nos depara; el desarrollo
del teatro español está, obviamente, marcado por un antes y un
después de la guerra. Así, habremos de distinguir entre un «teatro
de los vencedores» y un «teatro de los vencidos».
Pero ocurre que, en un principio, suceden los hechos, fruto
de la destrucción, el hambre, el desamparo, la podredumbre y la
miseria que lleva consigo la guerra, y luego, pasado el tiempo,
conforme las heridas van cicatrizando, los cronistas literarios, con
mayor o menor implicación personal, intervienen en la narración y
el juicio de esos hechos primeros. Casona está en medio de esta
delicada división histórica de «vencedores» y «vencidos».
Regreso
De nuevo vida y teatro se fundieron para confusión de la crítica.
Existe un hecho en apariencia intrascendente, pero generador de
partidismos y posturas, atacantes y defensivas, respecto a la
calidad y la función social del talento dramático de nuestro
autor, el cual vivió siempre sin voluntad alguna de crear
controversias, aunque las circunstancias, por desgracia, lo
perjudicaron sobremanera: el regreso a España de Casona.
Nuestro deber es reflexionar e investigar el por qué de la
extraordinaria reacción que supuso su retorno. ¿Mereció tanto la
pena tal expectación? ¿Qué razones hubo para que fuese Casona, y
no otros, al que se le diese la oportunidad de volver a esa España
de entonces «por la puerta grande»? ¿Cómo vivió el mismo dramaturgo la exaltación del público
español ante las representaciones de sus obras escritas en América?
En un artículo que relata las aventuras y desventuras de la
Xirgu en los últimos meses de la España republicana, podemos leer:
El
exilio alejó definitivamente a Margarita Xirgu de su patria: en los
primeros tiempos de la dictadura franquista su nombre y su labor artística,
como en los casos de Casona o García Lorca, fueron silenciados o
reprendidos públicamente por un sector de la crítica.
Casona
era un perfecto candidato al exilio. Había sido director de la
sección teatral en las Misiones Pedagógicas de la República,
entre otras tantas cosas, que lo ligaban directamente con esta forma
de gobierno. Sin embargo, este autor va a ser motivo de un proceso
de mitificación por parte de un sector del público joven, de ideas
republicanas, que crece durante la dictadura franquista, y que
necesita identificar, por encima de todo, a un escritor con el
tesoro de la moral izquierdista. Los deseos de esta juventud rebelde
señalan a Casona como el ejemplo de escritor comprometido
socialmente, y así, éstos, lo imaginan como el autor que alimenta
su nostalgia republicana.
¿Cuál es la causa de este mito? Sin duda, se debe al
estreno y al éxito obtenido por Nuestra
Natacha en el periodo de la anteguerra. Adela Palacio, recién
fallecido el dramaturgo, escribirá esta reflexión:
El teatro casoniano es en la actualidad aplaudido por las
personas mayores y escuchado respetuosamente, pero sin entusiasmo o
con indiferencia, por la gente joven. La crítica que representa a
un público que se escandalizó en 1936 con Nuestra
Natacha ha acogido ahora con agrado la producción casoniana;
tolerante y comprensiva ha sido la actitud del hombre que por su
edad y formación aplaudió en su momento a “N. N.”; y la crítica
joven -no demasiado joven-, la formada por unas promociones
universitarias que, en muchos casos, leían medio clandestinamente
el teatro de Casona y lo estimaban de gran novedad, mantienen una
posición adversa y, en ocasiones, atacante.
¿Qué ha ocurrido aquí? ¿Cómo un autor que era aplaudido
por la juventud inquieta del treinta y seis es rechazado por la
juventud, madura y consciente, de los años sesenta, aquella que por
muchas razones -que no vienen al caso-, parecía la más llamada a
defenderlo? La razón es obvia: no en balde han transcurrido 30 años;
treinta años densos de acontecimientos transformadores. Sin embargo
la respuesta no es tan simple como parece. El “quid” de la
cuestión se halla en que esos años no han pasado de igual manera
para todos. La experiencia vital es distinta para el que ha vivido
dentro de España que para el que ha estado lejos de ella.
Nuestro
autor, por estar alejado sólo geográficamente de su patria, no va
a cerrar los ojos a la realidad de unos acontecimientos. El sinnúmero
de amigos que viven la dictadura y recibe en su casa de Buenos Aires
le traen noticias directas del ambiente que se respira para los
artistas en España; pero sí es cierto que el punto de vista acerca
de unas vivencias concretas es diferente según se presencien con
proximidad física o en la distancia.
Tal vez el error vital
del autor fue regresar antes de tiempo a su país, y el teatral
parece ser que fue el querer elaborar de manera continuada una obra
literaria total en la que, pieza a pieza, iba descubriendo las
constantes que cimentan la base de su visión poética de la vida y
el arte. Casona no escribe obras sintomáticas sobre la represión
dictatorial que se vive en su amada España, ni tampoco lo hace
recreando escenas de la recién pasada guerra civil. Casona es un
dramaturgo que, en un momento dado de su vida, ha descubierto la
verdad de su pensamiento de creación, y ha querido mantener esa
verdad propia hasta el final. Casona conserva el mismo talento desde
que se educa y pasa la juventud en España, mientras vive casi
treinta años en el exilio, hasta que regresa al país que lo alejó.
En una época en que la autenticidad del arte reside en el
compromiso retratar la imagen del reprimido social, moral e ideológico,
la obra de Casona no tiene espacio, no puede cuajar bien con las condiciones
dictadas por los confundidos y, en ocasiones, ingenuos críticos.
El profesor y escritor gallego Gonzalo Torrente Ballester
opina sobre esta absurda -con el paso de los años- polémica,
respecto a la acusación hecha a nuestro dramaturgo de realizar un
teatro de evasión:
De
modo parecido, el que después se llamó, un poco estúpidamente, «teatro
de evasión», tampoco traía a la escena una nueva estética, sino
una concepción nueva de la felicidad. Quizá, más que una concepción,
una receta, que Alejandro Casona, con técnica pedagógica, alcanzó
a fornular de modo accesible: puesto que la realidad, por definición,
se opone a la felicidad individual, brindemos al hombre el recurso
de la fantasía, y por si su capacidad imaginativa es débil,
orientemos la filantropía práctica [...].
Las relaciones del teatro de Casona con la evasión son más
complejas. La mejor de sus obras -La dama del alba- pertenece a un orden poético dentro del cual la
evasión carece de sentido. Mentarla donde la materia dramática es
la muerte parece, incluso, una falta de respeto, y la afirmación
puede aplicarse a otras comedias del autor, cuya preocupación última
es la misma. Sin embargo, una parte importante de la obra de Casona
tiene que ver con la evasión, puesto que hace de ella no el lugar
teórico hacia donde expide el alma alelada del espectador, sino la
sustancia del drama o el instrumento de la operación dramática en
sí [...]. Esto acontece a causa de la vocación pedagógica de
Casona, no abandonada ni aun en el ejercicio del teatro, y a la que
debe el más importante de sus fracasos estéticos, la más honda de
sus caídas, Nuestra Natacha.
Al ser en esta pieza donde se hace la tesis pedagógica más
idealista de toda la obra del autor, Torrente Ballester no deja de
tener razón. La estética literaria nunca ha casado bien con un
tipo de afán pedagógico explícito, que es el que nos encontramos
aquí; belleza dramática y pedagogía se enfrentarán a veces en su
obra, ocasiones en que el valor de lo lírico se ensombrece. Pero
este tema se abordará en profundidad en las páginas siguientes.
Casona regresa oficialmente a España en 1962. Presenciará
el estreno en Madrid de La
dama del alba, y a partir de este éxito comenzará lo que se
conoce como el Festival Casona,
un arma de doble filo para el asturiano. Todas las obras escritas en
América van a estrenarse en España, extendiéndose, triunfales, a
todas las provincias, gozando del aplauso mayoritario.
El
aperturismo de los sesenta sí se fijó con astucia en el
importante papel que podía jugar Casona en las carteleras madrileñas,
con sus devaneos poéticos, personajes de otro mundo, pero perfectas
construcciones escénicas. Y Casona triunfó. Y no con su teatro
hecho en España [...] sino con todo el que había redactado y
estrenado en Argentina, sin excepción. La fórmula estaba creada.
Faltaba el intencionado toque lírico de un hábil dramaturgo. Y los
escenarios españoles se llenaron de Casonas.
Resaltaremos la palabra aperturismo,
teniendo en cuenta que a favor de Casona se establece el argumento
que declara los primeros años de la década de los sesenta en España
como el inicio de una etapa de liberación política y cultural del
régimen franquista.
Aquí se inicia el pequeño calvario que hubo de sufrir el
autor con los jóvenes críticos procedentes de la revista de tema
teatral Primer Acto; en la crítica al estreno español de Prohibido
suicidarse en primavera, Ricardo Domenech escribe con respecto
al mito casoniano:
Comparto
esta desilusión con vastos sectores de la juventud, de hombres de
mi generación que, como yo, conocieron el teatro de Casona poco
menos que a escondidas -en un día ya lejano- y hoy descubren con
asombro el fraude de que han sido objeto. Es verdad que hay entre
nosotros una parte de culpa por todo ello. Pero la creación de un
mito no responde nunca a causas arbitrarias o gratuitas, sino que,
por el contrario, expresa una necesidad colectiva. Nosotros teníamos
necesidad del mito de Casona...
Se
trata, al fin y al cabo, de una circunstancia histórica, ajena a la
intención del dramaturgo. Este testimonio lo deja bien claro. ¿Es
convincente, entonces, creer que Casona, ansiando un posible regreso
a España, pretendiera hacer de su creación una especie de teatro
público y, de ese modo, acceder lo mejor que pudiese en el
panorama nacional de los años sesenta?
Otro colaborador de Primer
Acto, el crítico Fernández-Santos, lanza al aire cuestiones
que meses después responderá con actitud muy negativa contra la
obra conjunta de Casona, tachándola de mala calidad por medirla,
como hemos dicho anteriormente, con el rasero del teatro social. Sus
comentarios posteriores tendrán un afán destructivo, aunque ahora
quiera recoger lo escrito antes de su personal batalla contra el
autor:
Lorca
y Casona fueron en su tiempo el máximo exponente de una juventud
que, por entonces, se incorporó al profesionalismo teatral de
nuestro país, llegando a constituir dentro de éste algo así como
un revulsivo [...]. En especial nos importa (la cuestión) relativa
al teatro de Lorca y Casona... ¿Qué repercusión ha obtenido en el
público español? ¿Qué grupos sociales lo reciben abierta y
entusiásticamente? ¿Quiénes se sienten hostiles hacia él y por
qué? ¿Qué vigencia estética tiene? Siendo un teatro de intención
populista ¿se encuentra a la altura de las necesidades de nuestro
pueblo? Estas cuestiones son, en general, difíciles y algunas de
ellas muy delicadas y espinosas.
El éxito en las salas importantes hizo que sus
representaciones fuesen identificadas con ese otro teatro
aburguesado que imperaba en estos escenarios oficiales. Casona fue
incluido, injustamente, en el mismo grupo de dramaturgos que habían
consolidado su carrera bajo las pautas del período más duro del régimen
franquista: Joaquín Calvo Sotelo, Víctor Ruiz Iriarte, López
Rubio, Álvaro de La Iglesia, más tarde Alfonso Paso, etc...
Respecto al teatro renovador encabezado por Buero y Sastre,
es Buero el único que puede comparar su victoria teatral al compás
de los autores citados, e incluso también tuvo que soportar alguna
que otra sacudida crítica por ello. Esto demuestra la delicadeza
con la que había que tratar a esta parcela del mundo del teatro si
se alcanzaba el éxito en las masas.
Pero nuestro autor, a pesar de esto, se muestra plenamente
satisfecho con esta acogida. Cuando reside por fin en España no
contempla, a simple vista, lo que figuraba. Hay que tener en cuenta
que han pasado veintitrés años de régimen. Casona escribe por
carta unas sinceras palabras a la Xirgu, nada más volver, de tan
largo exilio, a la tierra donde la Ignorancia lo había obligado a
huir:
En
cuanto a la gente, me he tropezado, como es natural, con el enemigo
resuelto -unas veces de frente, y otras embozado- dispuesto a la última
calumnia y a la última vileza; pero de verdad mucho menos de los
que esperaba. En general hay un ánimo dispuesto al diálogo, una
actitud respetuosa y unas ganas evidentes de no
hablar de aquello. «Finalmente el público, aquí como en todas
partes, cuando va al teatro va sólo a ver teatro, sin importarle la
filiación del autor».
Desde esta apreciación particular se entiende la actitud de
Casona como hombre cuyo oficio es el teatro y quiere aprovechar la
oportunidad que se le brinda.
El más carismático de los tres críticos que encabezaban el
ataque al dramaturgo desde Primer
Acto fue José Monleón; éste no resuelve nunca una situación
sin antes razonarla y medirla serenamente; por eso, cuando vaya a
hablar de este caso irá urdiendo una serie de conceptos encaminados
a persuadir y a mover a los lectores con su tesis.
Monleón sintetiza todas las reacciones contrarias que
hubieron en la década en que se produjo ese Festival Casona en tres
puntos importantes. Acusa a Casona de escapismo,
falta de vigencia cultural y desasimiento de la circunstancia
histórica.
Monleón, una vez superados los años de más tensión,
escribe:
El esquema polémico de Casona era, evidentemente, primario.
Hablaba del teatro político-social como si a él le estuviesen
pidiendo sus detractores un teatro directamente revolucionario; no
era eso, precisamente. Lo que se había puesto en cuestión eran sus
ideas, su filosofía, su visión fatalista de la realidad, siempre
desagradable, vencida o vencedora...
A mi parecer, esta conclusión a la que llega el crítico es
el documento más objetivo de toda la factoría de Primer
Acto; resuelve de un plumazo esta polémica, que alguna que otra
vez ha caído en una especie de escondite intelectual e ideológico.
Monleón defiende, lógicamente, un tipo de teatro cargado de
vigencia cultural y sostenido bajo una circunstancia histórica española
-el período de la postguerra-. Cree en un teatro determinista en su
carácter y, por definición, toda esta teoría artística se opone
frontalmente a las fuentes idealistas de las que tanto bebe nuestro
dramaturgo pedagogo: el Romanticismo, el Modernismo, etc...
Casona, aprehendida ya la realidad fatal y agónica, tiene
claro, desde el comienzo de su trayectoria literaria, que su misión
persevera en la idea de poetizar el mundo.
No por otro hecho es que Monleón sintiera que:
El
problema, en el fondo, era más patético y terrible para Casona que
para nadie. Quizá por eso no se atrevió a plantearlo correctamente
y sostuvo hasta el final que los ataques procedían de la ignorancia
y de la envidia [...]
Casona
era, en definitiva, la culminación de un teatro bien escrito y
artesanalmente sabio, destinado a magnificar el pesimismo histórico
y la capacidad del hombre para inventar, no importa dónde ni cómo,
un paraíso. La verdadera vida estaba fuera de la realidad social.
Casona es un escritor al que, antes que otra cosa, interesa
releer y revalorizar, pero no cuestionar desde otros niveles que no
estén sujetos a lo estrictamente literario y filosófico.
Uno de los testimonios más recientes que razonan sobre su
controvertido regreso a España puede verse en el Diccionario
de literatura española e
hispanoamericana dirigido por Ricardo Gullón. En este texto se
percibe lejano el final de la dictadura que sufrimos, transcurrida
la larga y frágil transición, y se tiene en cuenta que vivimos en
plena consolidación de una democracia que, cuando se escribió,
estaba casi a la entrada del tercer milenio, comentó, con calma y
justicia, este asunto:
Casona
fue víctima clara del exilio: por un lado, se desvinculó de su
ambiente natal. Por otro, su vuelta produjo efectos contradictorios,
a los que él era totalmente ajeno: el gran público lo recibió con
entusiasmo y lo convirtió, durante tres años, en su autor
favorito. A la vez, la crítica joven y comprometida, lo juzgaba con
mucha dureza, por anacrónico. En realidad, él no había cambiado:
seguía haciendo el mismo tipo de teatro. El problema consistía en
que no había llegado, en su momento, a su destinatario lógico.
La única pieza que escribe el autor establecido ya en España
es El caballero de las
espuelas de oro, un drama histórico estrenado en el teatro
Bellas Artes, de Madrid, la noche del 1 de octubre de 1964, por la
compañía de José Tamayo y con ilustraciones musicales de Cristóbal
Halffter. Casona insiste, por última vez, en dar a conocer al público
lo que ha sido, es y será su condición humana y artística: un
pedagogo con reverencia hacia lo maravilloso, un rebasador de los límites
de la ciencia experimental que se enamora de la tierra, un melancólico
del monte y del mar, y un poeta que se pregunta, honestamente, sobre
el ir y venir del hombre.
El caballero de las
espuelas de oro es algo más que una simple biografía teatral
de su protagonista, Francisco de Quevedo y Villegas; el dramaturgo
presenta una serie cuidadísima de fragmentos escenificados de su
vida, cuyo texto se basa en la misma obra y hazañas del poeta áureo,
recreadas con la imaginación, la magia y el humor casoniano. Es
sorprendente la belleza alcanzada en el lenguaje de este relato dramático.
Casona sigue mostrando sus constantes teatrales al
espectador, y, sin embargo, él se encuentra en contacto directo y físico
con el problema de la realidad inmediata: la dictadura franquista.
Esto refuerza aún más nuestro argumento sobre la idea casoniana de
ir enhebrando, paso a paso, el camino hacia una dramaturgia global,
representativa de los pricipios de su singular mundo.
Un año más tarde, el 17 de septiembre de 1965, muere en
Madrid, cumplido su sueño de volver a España y habiendo alcanzado
el reconocimiento universal que le coloca entre los primeros autores
de teatro de nuestras letras contemporáneas.
©JUAN
DIOS GARCÍA GÓMEZ . Universidad
de Murcia


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